EL ZORZAL CRIOLLO
En la historia del Olaya, son dos los personajes extranjeros que han marcado con la rúbrica del suceso memorable: Gardel, omnipresente para el mundo hispanoparlante. El otro, Juan Pablo II, impactó sobre todo a nuestra región, que mantiene todavía un cierto candor, propio de comunidades que conservan vivas determinadas tradiciones.
Carlos Gardel, el gran cantante, el dandy latinoamericano, el hombre que consagró en todo el mundo al no por nostálgico menos bello ritmo del tango, inesperadamente terminó sus días en Medellín, lanzando con la estela de su vida y de su muerte, a esta ciudad en ciernes del año 1935, a las conversaciones de las gentes de la América Latina y de otras partes del globo.
Juan Pablo II, el Papa cosmopolita, infatigable pastor de almas a la busca de su grey, enfrentó a esta región al peso de su condición de guía de la Iglesia. Medellín vibró bajo la fuerza de su convocatoria: multitudes copiosas, el fervor religioso esparcido por doquier.
Gardel y Juan Pablo II —la febrilidad de la música y la bohemia, al lado del sentimiento religioso y de la fe—, dos símbolos del aeropuerto.
EL HURACÁN WOJTYLA
Julio 5 de 1986. Medellín recibe la visita del personaje más importante del catolicismo en el planeta. Nunca antes un Papa había pisado suelo antioqueño, pero eso no impedía que su estela mística marcara a esta geografía a lo largo de su existencia. Aunque su rostro era una imagen familiar en las estampas religiosas y su voz conocida en los mensajes televisivos de la Santa Misa, su humanidad corpórea permanecía lejana.
La ciudad se enfrentó a un reto sin precedentes. Acostumbrada a eventos de poca concurrencia,1 estaba en una encrucijada. La visita de su huésped más célebre la obligaba a hallar un lugar donde concurriera muchísima gente.
Tan pronto como se supo que Medellín haría parte del itinerario papal, las autoridades civiles y eclesiales organizaron una apretada agenda en la ciudad y buscaron los lugares donde convocar las multitudes que lo recibirían. Pero resulta que no había un espacio especialmente diseñado para dichos eventos. Cuando en 1971 algunos entusiastas decidieron realizar un festival con los grupos rock más populares del país, no encontraron lugar más propicio que Ancón, en las afueras de Medellín. Considerando el gran número de personas que con el Papa se harían presentes ¿dónde reunirlos? La respuesta no tardó en llegar: el Aeropuerto Olaya Herrera.
El Olaya Herrera era el primer destino del Papa en Medellín. Allí se celebró la ordenación de 92 sacerdotes de todo el país en una ceremonia masiva, la que se cumplió con todos los honores. Miles de personas se agolparon en las instalaciones del Aeropuerto. Para ello, se adecuaron unos módulos de madera a fin de contener a la gente, deseosa de estar lo más cerca posible del mayor prelado de la Iglesia.
Karol Wojtyla no sólo habitaba en el Vaticano, sino que continua viviendo en los corazones de cientos de miles de feligreses que guardan en su memoria el día en que el Aeropuerto Olaya Herrera lo alojó durante cuatro horas como el más noble de sus invitados.
El Papa recorrió sus pistas y sus terrenos, consagrándolos a la posterioridad como el escenario donde estuvo el único hombre que logró movilizar la mitad de la ciudad, situación que ni los candidatos presidenciales de la campaña que acababa de pasar juzgaban posible. Posteriormente, el Aeropuerto Olaya Herrera quiso honrar el gesto de su visita, denominando como Aeroparque Juan Pablo II una gran parte de su terreno, que luego se habilitó como un parque de entretenimiento.