Después de la tempestad viene la calma
En 1988, la dirección del aeropuerto fue asumida por una junta paritaria del Municipio de Medellín y de la Aeronáutica Civil, transitoria hasta que se otorgasen las herramientas jurídicas para que el primero asumiera la dirección autónoma de la terminal.
Estas disposiciones legales permitieron al que fue el viejo campo de Las Playas dinamizar su desarrollo. Hoy es considerado un terminal aéreo moderno, acorde con las exigencias nacionales e internacionales de la aviación comercial.
La necesidad de su reapertura se observa en datos tan claros como el volumen de pasajeros que moviliza.
Entidad con autonomía jurídica y administrativa:
Ya como ente Municipal descentralizado, el aeropuerto cumplió una destacada labor, que demostraba que su viabilidad no era incompatible con la de Rionegro.
A fines de 1992, poco tiempo después de asumir el Municipio el control independiente del aeropuerto, se entregó a la ciudad el Parque Juan Pablo II. En diciembre de ese mismo año, el Olaya Herrera adquirió la licencia sanitaria. Fue el segundo aeropuerto del país en lograrlo.
Rodeado de un ambiente de reactivación, fortalecido institucionalmente, el aeropuerto recibiría una noticia con muy poco entusiasmo: la Aeronáutica Civil, en cabeza de su Consejo Aeronáutico, suspendía los vuelos nacionales desde el Olaya Herrera, argumentando un estricto orden regional para su operación aérea. Sin embargo, la terminal mantuvo un nivel de operaciones considerable, que le permitió seguir en funcionamiento.
Integración a la comunidad:
En los recientes años 1998 y 1999 se adelantaron obras que representan saltos cualitativos importantes, relacionados con las necesidades generales de la comunidad vecina del aeropuerto, construyendo un modelo administrativo participativo y eficiente acorde con las necesidades sociales de la población que interacciona con él.
MONUMENTO NACIONAL:
El día 19 de octubre de 1995, por medio del Decreto 1802, el Aeropuerto Olaya Herrera fue reconocido como Monumento Nacional, en expresa afirmación de su valor histórico y de su relevancia arquitectónica para la memoria de la ciudad y de la nación. Fue un reconocimiento simultáneo a una institución que ha hecho parte sustancial de nuestro entorno sociocultural y a un proyecto que pertenece a la historia personal y profesional de un hijo de la región y promotor de importantes avances en la arquitectura antioqueña.