Acompañado por el cardenal López Trujillo, y más de 1.000 prelados, el Pontífice se encontró entre las más estrictas medidas de seguridad, antes de celebrar la misa programada para ordenar los 92 diáconos. En su discurso trató el tema de “la grandeza esencial del sacerdocio y la nobleza cristiana de Antioquia”. La jornada fue ardua, dado que la ceremonia culminaría a las 3:30 p.m.
En su alocución tocó también temas políticos. En el Olaya Herrera mencionó la situación del clero en Nicaragua, donde el presbítero Pablo Antonio Vega fue expulsado de ese país, lo que levantó la indignación de la Iglesia Católica. En Popayán, un indígena Paez rompió el protocolo y denunció el asesinato de varios sacerdotes por su defensa de las causas indígenas. Quisieron silenciar su intervención, lo que motivó el disgusto del Pontífice. Solicitó que se respetase su arenga y que terminase su discurso.
En la misa, 100 feligreses recibieron la comunión de las manos del Papa, lo que motivó que muchos quisieran violar las medidas de seguridad para tener el mismo privilegio de aquellos. Una mujer intentó camuflarse con la indumentaria de las monjas que estarían en los lugares especiales dispuestos para el clero. Fue descubierta y obligada a volver a los módulos, sin contratiempos. Algo similar ocurrió en Bogotá, cuando el audaz feligrés Miguel Ignacio Bermúdez se logró colar en medio de la comitiva del gobierno el día en que el Papa arribó a El Dorado. Valido de argucias y de una actuación memorable rompió todos los cordones de seguridad. Le dio la mano, logró que le bendijese una camándula e increíblemente, se subió al ‘papamóvil`, recorriendo hombro a hombro con Su Santidad la totalidad del trayecto hasta la Plaza Bolívar. Cuando un guardia de seguridad suizo le preguntó que quién era él, respondió impasiblemente: “Un ciudadano colombiano.”
El Papa terminó la ceremonia y tomó una vez más el helicóptero hacia el Estadio Atanasio Girardot, donde otra multitud lo esperaba ansiosa.
Karol Wojtyla no sólo habita el Vaticano, vive también en los corazones de cientos de miles de feligreses que guardan en su memoria el día en que el Aeropuerto Olaya Herrera lo alojó durante cuatro horas como el más noble de sus invitados.
El Papa recorrió sus pistas y sus terrenos, consagrándolos a la posterioridad como el escenario donde estuvo el único hombre que logró movilizar la mitad de la ciudad, situación que ni los candidatos presidenciales de la campaña que acababa de pasar juzgaban posible. Posteriormente, el Aeropuerto Olaya Herrera quiso honrar el gesto de su visita, denominando como Aeroparque Juan Pablo II una gran parte de su terreno, que luego se habilitó como un parque de entretenimiento.