....y la Gran Voz se extinguió entre las llamas
El 24 de junio se despidió de las gentes bogotanas en el aeropuerto de Techo. Su avión, un trimotor F-31, propiedad de la Saco , estaba a cargo del piloto norteamericano Stanley Harvey —recientemente la compañía había anunciado la adquisición de dos trimotores Ford, el F-31 y el F-32, como parte de su crecimiento y mejora en el servicio. Al contrario de lo que muchas personas estiman, a Gardel no lo transportó Samper a la ciudad de Medellín, la extraña escala que haría la comitiva del cantante antes de llegar a Cali, donde lo esperaban cinco mil personas que habían agotado la boletería desde el día anterior para verlo cantar en el teatro Jorge Isaacs de la ciudad. Samper y Grant Flynn (funcionario de la Saco ) volaron momentos antes en un bimotor para coordinar la parada técnica del avión de Gardel en el Aeropuerto Olaya Herrera, popularmente conocido como Las Playas en Medellín. Ruta que parece extraña, pero en los testimonios de uno de los sobrevivientes del accidente, José Plaja, se puede encontrar una tesis verosímil: se debía a la tardanza de la comitiva la noche anterior en Bogotá, a causa de una extensa partida de póquer que se prolongó hasta altas horas de la noche. Habrían retardado la salida al día siguiente hasta las diez de la mañana, hora que impedía al avión volar a baja altura y con los tanques llenos, toda vez que deberían esquivar la niebla de las cordilleras, lo que no ocurriría si hubieran partido temprano. Obligados así a volar con los tanques a medio llenar, tendrían que hacer escala en Medellín para reponer el combustible faltante. De paso, recogerían una especie de pancarta de terciopelo rojo con iniciales “C.G.” plateadas, que seguramente usarían en su exhibición de Cali, además de las latas de la película Payador de la vida , puesto que era corriente proyectar filmes en medio de las presentaciones.
Fue así como el F-31 viajó primero a Medellín. El aeroplano llegó a Las Playas a las 2:26 p.m. aproximadamente, donde Samper ya esperaba, igual que el Manizales, otro avión trimotor de propiedad de la Scadta y piloteado por Thom, rival del piloto colombiano. Pero antes de proseguir, conviene describir los motivos de dicha rivalidad personal, para entender una de las tesis acerca de las causas del accidente, que algunos defienden.
Al sentimiento de superioridad por la amplísima experiencia de Hans Ulrich Thom como aviador en Alemania y muchas otras partes del mundo, se sumaba la fuerte competencia entablada con Samper Mendoza por la admiración y el éxito comercial. Los ánimos se caldearon. El 20 de junio, despegando del aeropuerto de Techo en Bogotá, Thom efectuó un vuelo rasante pasando a escasos metros del avión de Samper, que esperaba en la pista, poniendo en peligro la vida de ambos y dándole un buen susto al colombiano. El 24 de junio, cuatro días después del incidente, el recuerdo de tan mala pasada estaba fresco.
Los dos hombres coincidieron momentáneamente en Las Playas , lo que no era difícil en tiempos de la naciente aeronavegación del país, cuando los pilotos y las aerolíneas eran muy pocas. El ánimo de revancha estaba vivo en el corazón del bogotano, o por lo menos esa es la apreciación de varios contemporáneos del accidente. Describamos un poco más la circunstancias de la colisión, comenzando con los aviones.
El F-31 de la Saco era un Ford trimotor, el mejor modelo en servicio en esa época. Hacía poco, uno de esos aviones había sobrevolado el Polo Sur y el Polo Norte, una hazaña para el momento. Estaba revestido de aluminio en su totalidad, pesaba 3 toneladas, con una velocidad de crucero de 177 kilómetros por hora y podía alcanzar una velocidad máxima de 209. Cargaba hasta 2.1 toneladas y era capaz de transportar catorce pasajeros. Se le conocía como el ‘ganso de lata` ( Tin goose ). El trimotor de la Scadta tenía una diferencia con el de la Saco : igualmente era un trimotor Ford, pero poseía cabina independiente para el piloto y usualmente venían con copiloto.
Como se puede inferir, los dos aviones eran de características casi iguales, con similar tamaño y potencia, por lo que el impacto sería igualmente lesivo para ambas aeronaves, como de hecho ocurrió.
Además del cantante y de su comitiva, otras personas viajaban en el F-31. Todas perecieron, a excepción del funcionario de la aerolínea Grant Flynn y los acompañantes José Plaja y José María Aguilar. Los pasajeros en su totalidad eran:
- El piloto Ernesto Samper Mendoza
- El mecánico William Foster
- El jefe de tráfico Grant Flynn
- Carlos Gardel
- Alfredo Le Pera -Compositor
- Guillermo Desiderio Barbieri -Músico
- Ángel Domingo Riverol - Músico
- José María Aguilar - Músico
- José Corpas Moreno - Secretario de Gardel
- José Plaja Gusch - Arreglista
- Alfonso Azzaf ( El Gordo ) - Relacionista
- Henry Schwartz - Comerciante
- Celedonio Palacios - Representante de Gardel.
Mientras tanto, en el otro avión había siete personas a bordo que se disponían para viajar a Bogotá. Ellas eran:
- Hans Ulrich Thom - Piloto
- Hartmann Furst (o Ewerts) - Copiloto
- Dr. Estanislao Zuleta Ferrer - Abogado
- Guillermo Escobar Vélez - Comerciante
- Jorge Moreno Olano
- Lester W. Strauss
- Hernando Castillo - Ayudante del avión.
Pero ¿qué pasó exactamente, o por lo menos qué reconstrucción de los hechos que condujeron al accidente más importante en la aeronavegación de Suramérica hasta entonces es más racional? ¿Cómo lo vivieron los testigos presentes en el aeropuerto Las Playas?
Repitamos que el avión de Gardel aterrizó a las 2:26 p.m. dirigiéndose directamente a los hangares a proveerse de combustible. Los pasajeros descendieron y fueron a estirar las piernas un rato. Luego tomó el lugar de salida en la plataforma, ya que el Manizales le cedió la preferencia por ser un vuelo de escala técnica. Después, el piloto Samper conversó con Gardel, y se cruzó con su colega Thom. Hay que destacar que el aeropuerto se encontraba bastante concurrido porque la gente se había enterado de la corta escala del cantante en Medellín. De allí que existan un buen número de relatos de testigos con sus distintas versiones del accidente.
Después de cargar el rollo de terciopelo y la película que ya mencionamos, el F-31 cerró sus puertas y se dirigió hacia el sur para despegar. Antes de esto se detuvo, probó motores, giró y se alineó en dirección norte. A su costado, a distancia, el Manizales esperaba la autorización para moverse hacia la zona de despegue. Antonio Arango, el hombre de las banderas, levantó la de cuadros blancos y negros, bajó la roja en señal de pista libre, lo que motivó a Tohm a echar a andar el Manizales hacia el comienzo de la pista. El F-31 comenzó a acelerar, buscando la velocidad conveniente para decolar. Cuando la obtuvo, sorpresivamente hizo un giro de unos treinta grados, totalmente inesperado, y se enfiló oblicuamente hacia el otro avión.
El F-31 ya había recorrido parte de los 974 metros de la pista. En el instante en que se dirigía directamente a la nada de la muerte, el pasajero Aguilar dice haber oído una explosión y un grito —al parecer un disparo de arma de fuego, hasta el día de hoy no se ha comprobado. Recorrió aproximadamente 120 metros y se estrelló violentamente con el Manizales , su motor derecho chocó con el central de la aeronave de Scadta . El pasajero que estaba de pie en la puerta del F-31 alcanzó a saltar, se presume que es Flynn. Eran las 2:51 de la tarde.
Brotaron impetuosas las llamas, la combustión fue cuestión de instantes, el desconcierto y la deseperación eran absolutos, hubo gritos de espanto, confusión. Sólo acataron a llamar al cuerpo de bomberos. Del Manizales, no se salvó nadie. Del F-31 saltaron varios pasajeros y corrieron envueltos en llamas en busca de ayuda.
Además de Flynn, los otros que lograron saltar fueron: Plaja (salvado al parecer por el periodista Antonio Gaviria Henao al rociar oportunamente con un extinguidor las llamas que lo cubrían), Aguilar, Riverol y Azzaf, todos pasajeros del F-31 y miembros de la comitiva del tanguista. Riverol y Azzaf murieron en la Oficina de Accidentes, la Policlínica de entonces. El primero, el 26 de junio; el segundo, un día antes. Plaja y Aguilar se recuperaron en la clínica La Merced , del doctor Alfonso Castro. De resto, todos los pasajeros perecieron en el acto, carbonizados, al extremo de ser inidentificables. En el accidente, se tuvo que recurrir a la búsqueda de cualquier indicio —tiquetes de avión, documentos de identidad, pedazos de ropa, la dentadura—, para poder vislumbrar quién era el desafortunado. Se cuenta que Gardel fue identificado gracias a una pulsera en la mano izquierda, una cadenita con la leyenda: Carlos Gardel, Juan Jaures 735, Buenos Aires y a las plumas que abullonaban su chaleco, resistentes a la combustión, además del hallazgo de dos documentos parcialmente consumidos por el fuego: uno, la boleta de impuestos para ingresar a los Estados Unidos; el otro, una carta de recomendación para Gardel y Le Pera dirigida al secretario de Relaciones Exteriores de Panamá.
Existen varias hipótesis sobre las causas del accidente. Mencionaremos la que ha gozado de mayor credibilidad.
La que se ha tenido como versión oficial, es la del informe final de la Comisión Técnica de Investigación. En ella se menciona un viento que soplaba del suroccidente en el momento del despegue del F-31, que habría desestabilizado al avión al golpearlo, obligándolo a dar el intempestivo giro de 30 grados, dirigiéndose —como ya reseñamos— directamente hacia el Manizales . Algunos autores le asignan a dicha corriente una magnitud de 6 a 7 Beaufort, suficientes para desviar el avión. Habría que anotar que esta versión, parcialmente verosímil en la medida que eventualmente se presentan dichas corrientes, es la más adecuada para no imputar responsabilidad a los pilotos o a las mismas aerolíneas.
Las víctimas fueron envueltas en sábanas y enviadas a las morgues y funerarias. En un reportaje del periódico El Colombiano , un médico antioqueño de la época llamado Jaime Rodríguez Estrada, cuenta que cuando era un joven estudiante de medicina, el día de la tragedia, los cuerpos de los occisos fueron llevados al anfiteatro de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia con el objeto de hacer lo conveniente para que pudieran caber en los féretros, ya que por su estado de calcinación se habían tornado rígidos. Afirma que al usar el bisturí para adecuar el cuerpo de Gardel, vio las plumas que tanto se mencionan, pero sostiene que en ningún momento se trató de una autopsia propiamente dicha. Luego fueron velados en la casa del padre Enrique Uribe y al día siguiente, a las nueve de la mañana, trasladados en hombros a la iglesia de La Candelaria. El ataúd de Gardel fue llevado por los artistas de la compañía Ughetti, sepultándolo en el Cementerio de San Pedro, con los respectivos tratamientos para evitar la descomposición y facilitar así la posterior exhumación. Ernesto Samper Mendoza fue sepultado en Bogotá, al igual que su colega Thomn.
La tragedia no solamente anudó a la historia a la desconocida ciudad de entonces y a su pista de aviación. Colombia se hundió en un duelo sin precedentes. En las gentes, la magnitud de los sucesos generó todo un espectáculo que rebasaba su medida de la realidad del mundo. En la incipiente vía del río, que comunicaba con Las Playas , se creó una gran congestión vehicular. Una multitud se volcó sobre el lugar del accidente para observar con sus propios ojos el acontecimiento. Se escribieron editoriales y se desplegaron titulares a ocho columnas. La ciudad de 300.000 habitantes se sintió sobrecogida. El editorial de El Colombiano del día siguiente titulado R.I.P ., reflejaba la consternación de la sociedad: “Si a decir fuéramos esta congoja del ánimo, sería preciso apelar a esas alocuciones deseperadas en que el dolor no es protesta sino vencimiento, desplome interno y sombría pena.”
En la primera página del mismo diario, el 26 de junio, dos días después de la tragedia, se leía que debido a la tragedia, se agotó el número de mil ejemplares que el periódico puso en circulación en la ciudad de Cali.
Carlos Gardel era el símbolo más representativo que el impredecible destino se llevó. Su ausencia pesaba en los corazones de las gentes. Cundieron los panegíricos, los sermones, las marchas al lado del cortejo fúnebre, los poemas. Uno de ellos titulado A Carlos Gardel, escrito por J.B. Jaramillo Meza, fue publicado en El Colombiano el 29 de junio:
Nuestra señora la muerte
metida en su negra capa
llegó en silencio a la pista
como una reina enlutada.
En sus cuencas amarillas
ardía una luz extraña,
en sus manos sarmentosas
un vago temblor de rabia,
y en un recodo del campo
oculta se puso en guardia.
Por eso doblan los bronces
en las torres desoladas.
¡A la luz de los recuerdos
suenan tristes las guitarras!
Noches de luna argentinas,
dulces tardes de la pampa
milongas de Buenos Aires,
bohemios de ruda estampa,
rancheros de barrio pobre
¡el payador ya no canta!
La muerte estaba al acecho
como una novia encelada
y gloria y amor y besos
y alegrías y baladas
lo deshizo en un instante...
¡Que la muerte no descansa!
¡A la luz de los recuerdos
suenan tristes las guitarras!
Pero había muchos otros que Colombia lloraba. Quien encabeza la lista de víctimas en el titular de El Colombiano del día siguiente era Estanislao Zuleta Ferrer, joven abogado de 31 años, reconocido profesional del derecho. Viajaba a Bogotá. Amigo personal de Fernando González, tutor de su huérfano, quien con el correr del tiempo se convertiría en el filósofo Estanislao Zuleta Velásquez.
En su primera página, el periódico invitaba a las exequias de Zuleta Ferrer y del comerciante judío Henry Schwartz. Repetidas columnas mencionaban la pesadumbre por la temprana desaparición del abogado. Una de mucha recordación, que incluso sería evocada por su hijo en repetidas ocasiones, es la que titula Para Estanislao , escrita por Juan Roca Lemos — Rubayata —, reconocido columnista de la época:
“De la cajita marconiana sólo ha salido la prosa del mundo: la baja del cambio, el precio del café, el eco mulato de Becquer, el aviso de la cuchilla Gillette, la última expresión embigotada de Hitler, el menú que yantara Musolini, la protesta pasiva del Mahatma, el ronquido bermejo del señor Stalin, la paz cadavérica del Chaco B. real, el optimismo grasoso de don Primo Carnera, cualquier asalto japonés y el canto hiperestésico de unos hombres en huelga. Todo. Todo lo que tú sabes.
Luego, barajando ondas en el naipe de Hertz, surgió del vocabulario esta nueva tragedia colombiana que convierte cada corazón en un sismógrafo incansable en su labor titilante”
Días después, otra columna titulada Ante las llamas trágicas , relaciona el accidente con la nueva época que asomaba en la ciudad:
“...Fue así como la pérfida cegadora verificó su propósito en una realidad de avatares de negrura en el campo de aterrizaje de Las Playas, mientras Medellín se afanaba infatigablemente por alcanzar las victorias del trabajo en las fábricas trepidantes, en los almacenes perfumados, en las calles pobladas de automóviles, en los laboratorios químicos, en los consultorios médicos....”
A la ciudad que presenció conmovida la catástrofe de Las Playas y la pérdida del Rey del Tango, se le confundieron por un instante el humo de las llamas y el de las nacientes fábricas. El progreso había llegado con toda su carga de incertidumbre.