Los deslizadores
Así los describía don Gonzalo ante el Segundo Congreso Científico Panamericano, evento realizado en Washington en 1915 principalmente para difundir el uso del hidroavión en los ríos latinoamericanos, en el cual intervino, entre otros, al lado de los hermanos Wright y del ingeniero brasileño Santos Dumont a quien había conocido en su primer viaje a Europa:
“El Yolanda II es un barco parecido a una balsa, hecho con seis flotadores separados, cinco de los cuales forman la cubierta principal que tiene aproximadamente seis metros cuadrados. El sexto flotador, más pequeño y situado en el frente, sostiene el timón que está conectado a un volante normal de automóvil. El barco obedece al conductor tan fácilmente como cualquier auto, siendo absolutamente seguro porque los flotadores están llenos de Kapok (variedad de ceiba), lo cual hace que sea inhundible. En el centro de la cubierta de seis metros hay una carrocería de automóvil con una silla para el conductor y diez sillas de mimbre muy confortables para los pasajeros. En la parte de atrás de la cubierta están fijados dos poderosos motores de hélice, parecidos a los usados por los aviones de guerra europeos; cada uno de ellos con un motor de gasolina de 130 caballos de fuerza, haciendo girar las hélices a 1.200 revoluciones por minuto. Tan pronto como se prenden los motores, el barco parece tratar de levantarse del agua y a medida que la velocidad crece el barco se desliza por la superficie, y entre mayor sea la velocidad más se siente como deslizándose sobre el hielo.”
Desde 1911 estaba como obsesionado con la concreción de esta idea. Imaginaba que la adopción de este tipo de vehículos y su uso generalizado en los ríos de Colombia y de Sudamérica, llevaría al reemplazo de los lentos vapores de rueda que usaban leña como combustible, (en nuestro país, estos vapores prestaban servicios especialmente en el Magdalena, aunque también funcionaron en las partes navegables del Cauca, parcialmente en el Atrato). En dicho año hizo ensayos en el río Sena, junto a los técnicos franceses Louis Blériot y Gabriel Voisin, ensayos que fueron comentados ampliamente en la prensa francesa y registrados por las cámaras de cine de entonces. Intentó también venderle la idea a Henry Ford; buscó una subvención por parte del gobierno, que nunca resultó; lanzó una compañía popular de 40.000 acciones de cinco pesos cada una de las que apenas se suscribieron 4.000.
Finalmente, el Yolanda II funcionó bien en unos ensayos sobre el río Hudson, donde prestó servicios en una empresa de turismo fluvial, pero no ocurrió lo mismo en los ensayos que se hicieron en el Magdalena, donde el calor, la humedad, la oxidación, fueron serios problemas por resolver. Años después, en 1922, trajo un nuevo modelo de deslizadores fabricados en los Estados Unidos (los Luz ), que prestaron servicios durante cuatro años pero que no resistieron la competencia de los hidroaviones de la Scadta (Sociedad Colombo Alemana de Transportes Aéreos), pese a su mérito de hacer el viaje Barranquilla-Girardot en dos jornadas de diez horas netas de viaje.
El doctor Fabio Botero Gómez sintetiza así esta aventura empresarial de don Gonzalo Mejía:
“La idea era simple, como todo lo genial: si los hidroaviones podían deslizarse sobre las aguas a alta velocidad, con apreciable carga de pasajeros y elementos, ¿por qué no hacer de esa operación de transferencia de agua-aire un sistema sólo para el agua? Irónicamente, esto precisamente fue lo que aniquiló el esfuerzo de Mejía en un momento crucial, ya que poco después del viaje del deslizador Luz se efectuó, sobre el río Magdalena como ruta, el histórico viaje inaugural de la ruta aérea Barranquilla – Girardot en octubre 19 de 1920, en dos días, también, pero con un tiempo neto de viaje de 5 horas 33 minutos, lo que de hecho condenaba a muerte todo sistema de similar capacidad de transporte como lo era el deslizador, cuyo consumo de combustible por veinte horas de viaje de alta demanda energética lo hacía insostenible, amén de los problemas logísticos de abastecimiento.”
No sería este el único fracaso de don Gonzalo Mejía, pero esta breve mención de los avatares de su proyecto y de su tozudez para encararlos dan fe de su carácter de hombre no dispuesto a dejarse doblegar por las dificultades.