El entorno familiar, primeros años
Don Gonzalo Mejía era el hijo menor de la familia de don Luis María Mejía Santamaría. Como era frecuente en Antioquia durante el siglo XIX, el padre de don Luis María hizo fortuna en la minería. Su hijo prefirió dedicarse al comercio de importación. Los comerciantes antioqueños de esta época aprovecharon su disponibilidad de oro en polvo o en barras y el establecimiento de la navegación a vapor por el río Magdalena para comprar en Jamaica los bienes de consumo producidos por Inglaterra y otros países europeos, para ‘surtir` sus almacenes en Medellín. Así, don Luis María se asoció primero con su tío Manuel y posteriormente con su hermano Lázaro. Fundaron L. Mejía y Compañía , negocio que prosperó rápidamente.
Don Luis se casó con doña Zoraida Trujillo. Tuvieron ocho hijos: Luis Eduardo, Julio, Marco Antonio, Gonzalo, María Jesús, Ana, Amelia y Zoraida. Rápidamente las hijas también se casan (a excepción de María Jesús, que permaneció soltera). Julio fue enviado a Boston; Luis Eduardo y Marco Antonio a Europa.
Años después, el padre decidió que sus hijos regresaran para colaborarle en sus actividades. El primero en hacerlo fue Luis Eduardo, quien volvió de Alemania, acostumbrado ya a la vida cotidiana europea. El retorno a Medellín fue dramático para él, no fue capaz de readaptarse. Una aguda depresión se apoderó de su ser, se recluyó en su casa y al cabo de un tiempo murió.
Julio regresó de Boston pero un accidente segó su vida a los veinticuatro años.
Marco Antonio, por su parte, se dedicó a su retorno a una agitada vida de licor, mujeres, caballos y extravagancias. Siguiendo el sino fatal de sus hermanos, fallece también en la flor de su juventud.
Ante ese desenlace, don Luis María atribuyó la causa de la muerte de sus tres hijos a sus viajes al exterior y tomó la determinación de no repetir la experiencia en cabeza de Gonzalo, el menor, quien se educó en la ciudad.
Pero tan pronto falleció su padre en 1904 y recibió su herencia, Gonzalo Mejía decidió partir para Europa.
Los años en Europa
“Europa había probado ser, para los veinte años de Gonzalo, como un cuento de hadas: fábricas, máquinas, herramientas, automóviles, ferrocarriles, telégrafo, teléfono, motores, cinematógrafos y mujeres bonitas, sueltas, con quienes era posible conversar de todos los temas de los hombres, y de otras cosas también. Todo tan distinto a Medellín, Colombia. Sin embargo, nunca en este viaje, ni en los posteriores, Europa significó para él: música, pintura, ballet, modas, literatura, juego, ocio, o las noches legendarias en los suntuosos burdeles de París de la Belle Epoque , todo lo cual era, al fin y al cabo, lo que iban a buscar la mayoría de los jóvenes ricos latinoamericanos. Desde luego, todos volvían hablando francés, escribiendo poesía y haciendo morir de envidia a los amigos del club con sus historias de alcoba, para después perderse en los laberintos de la vida familiar y en el manejo de las haciendas. Gonzalo Mejía estuvo deslumbrado todo el tiempo, entre otras cosas, con los sistemas de canales que unían toda Europa, el Mediterráneo con el Báltico, utilizados especialmente para transportar materias primas y distribuir productos terminados. O con las máquinas de tejer que reemplazaban cincuenta obreros. O con el cinematógrafo, que permitía ver hechos que habían sucedido varios meses antes. Todo esto, por supuesto, sin que le interesaran en lo más mínimo los principios físicos o matemáticos del funcionamiento del asunto, ni las tecnologías de su construcción. Por otro lado, también estaba la otra fascinación: esas muchachas bellas, libres, educadas para su época, con quienes se podía convivir y compartir la vida.”
Ese era el paisaje, esos sus intereses. Fue en París donde tuvo la oportunidad de entablar amistad con algunos jóvenes adinerados, entusiastas de la nueva máquina para volar, que con menos eficacia que la alcanzada por los hermanos Wright competían en las grandes demostraciones públicas de aeronavegación. Uno de ellos fue Louis Blériot, ingeniero y pionero de la aviación, quien sería su mano derecha en los ensayos de los deslizadores acuáticos sobre el Sena, en 1911.
Entre los veinte y los treinta años, Gonzalo Mejía hizo no menos de tres viajes a Europa. En el segundo conoció a Imelda Prunziscky, la polaquita de ojos grises que robó su corazón en Roma y en Venecia, pero tres años después de este episodio, decidió unir su vida a la de doña Alicia Arango, con quien se casó en Medellín, en junio de 1911, con la cual tuvo cinco hijos: Yolanda, Luis, Luz, María Victoria y Oscar. En este año, con ocasión de un viaje a Barranquilla por el río Magdalena, desesperado por el calor, la lentitud y las mortificaciones del ambiente tropical, concibió una idea a la que dedicaría cerca de quince años de su vida.