La integración dinámica-orgánica
En 1957, la obra del Aeropuerto Olaya Herrera le fue concedida en concurso público, donde se impuso a firmas muy reconocidas de Bogotá, cuando Zapata sólo tenía cerca de treinta años, acompañado de sus colegas Apolinar Restrepo, Alfonso Vieira, Jaime Zapata y del ingeniero calculistaIgnacio Arango. Esta innovadora propuesta se entregaría finalmente en 1960.
Antes de presentar el concurso, Zapata había visitado los Países Bajos donde conoció algunos de los aeropuertos más desarrollados y bien hechos de entonces. La firma NB NACO lo asesoró para construir un edificio acorde no sólo con las exigencias del momento, sino también capaz de conservar su vigencia en un futurocada vez más complejo. Zapata era un obsesivo promotor de la adecuación de las estructuras espaciales a los rápidos cambios tecnológicos.
La tendencia plástica y artística del edificio Olaya Herrera se presentaba ante una sociedad que no tenía ante sí demasiadas imágenes modernas y cautivantes. Por primera vez lo público no era concebido bajo la forma de edificios solemnes y esquemáticos. El Olaya se ofrecía como una estructura que debería prestar un servicio para todos, pero que no escatimaba esfuerzos a fin de evocar imágenes estéticas y agradables al usuario. Lo público no significaba esquema, ni mucho menos monotonía.
El Olaya Herrera fue pensado con el ánimo de ofrecer a las gentes un ambiente donde fuera grato estar. En ese orden de ideas, la zona privilegiada de la estructura es la zona de tiquetes y de espera de los pasajeros. En torno a ella, como complemento, giran las demás secciones. Su hall es el corazón del proyecto, en él se encajan nuevos elementos en la arquitectura de la época: vigas curvilíneas, bóvedas tridimensionales, transparencias, vitrales, recursos poco explorados hasta entonces. A él se integra uno de los mejores aportes de Zapata en la ciudad: las cáscaras de concreto que lo recubren. Livianas, de formas sensuales y refinadas que recuerdan a las nubes, invitando a emular el aeropuerto con el aire mismo, alegoría de la vida y del movimiento, complementadas con la iluminación cenital que se filtra a través de ellas.
Esta idea es fortalecida con el vitral, pensado y ejecutado para realzar el espacio del hall. El cóndor que se encuentra sugerido en uno de sus extremos, a punto de volar, retoma la relación organismo-dinamismo que orienta toda la obra, a tiempo que conforma un espacio vivo. El vitral fue retocadocon la técnica del emplomado, que hace juego con la presencia del concreto como soporte. Estos elementos evocan una idea de cambio y de movimiento, pero remiten también al espectador a símbolos autóctonos, en dialéctica complementaria.
A lo largo de la edificación existe un aporticamiento que invita al transeúnte a ingresar y contemplar la belleza de la estructura por dentro, la que se complementa con el color blanco de las cáscaras de concreto, que combinan armónicamente con la geografía del valle que acoge el conjunto arquitectónico.
Queremos destacar la dificultad de llevar a cabo las estructuras diseñadas por Zapata y por su equipo. Los cálculos necesarios para lograr que las cáscaras de concreto fraguaran correctamente debieron ser complicados, y requirieron numerosos soportes de madera para darles la forma y el acabado correctos.
Posteriormente el aeropuerto complementó la obra con jardineras y remates acordes con su espíritu, siendo fiel a la idea de sus creadores, quienes entregaban una propuesta que —sin reñir con los avances modernos y tecnológicos—, mantenía un interés fundamental por los seres de carne y hueso que frecuentan los espacios, recordando la función principal de la arquitectura: diseñar las moradas que habita el hombre.
Estas serían algunas razones para intentar transmitir la gravitación y el valor del aeropuerto respecto a la ciudad que lo vio nacer y crecer: medio vital de su bienestar y desarrollo, referente de su memoria social, cultural, arquitectónica, urbana. Patrimonio vivo.