Las luchas por los aeropuertos de Medellín
Es lo primero que hay que decir. Los esfuerzos por dotar a la ciudad de la infraestructura necesaria para el decolaje y el aterrizaje de los diferentes modelos de aeronaves que se fueron sucediendo desde comienzos del siglo pasado hasta hoy son varios, sostenidos, difíciles. En este capítulo queremos centrarnos en el proceso que condujo a la construcción de la primera pista de Las Playas en 1932 y a su ampliación en 1947. En dicho lapso, es obligatorio vincular a la historia el nombre de don Gonzalo Mejía y de la aerolínea UMCA (Urabá Medellín Central Airways) como piezas imprescindibles de este relato. Por eso no mencionamos en nuestra corta semblanza de don Gonzalo este tramo de su vida que aquí añadimos.
Gonzalo Mejía se asocia con Pan Am
Don Gonzalo Mejía era un atento observador de los desarrollos del mundo de la aviación comercial, dominada en Colombia desde 1920 por Scadta y a nivel continental por Pan American, compañía fundada en 1927 por Juan Trippe. Esta última inició operaciones con la ruta Key West – La Habana y en muy poco tiempo sería dueña de las principales rutas del Caribe y Sudamérica, conectando los aeropuertos a través de las costas.
Quien desease viajar por vía aérea desde Medellín a cualquier parte del mundo, estaba obligado a desplazarse primero por el ferrocarril hasta Puerto Berrío, desde donde debía tomar un vuelo de la Scadta hasta Barranquilla, y desde allí hacia otros destinos del exterior.
Fue entonces cuando don Gonzalo concibió el proyecto de conectar a través de vuelos directos sobre las selvas el potencial flujo de viajeros del sur del continente con Colombia, específicamente con Medellín, como escala ineludible en su tránsito hacia Panamá y el hemisferio norte, con el consiguiente ahorro de combustible y de tiempo de navegación, importantes ventajas competitivas para quienes hicieran realidad la ambiciosa idea. La ciudad que tantos esfuerzos tuvo que desplegar durante más de doscientos años para romper el aislamiento en que su medio geográfico natural la había confinado, tendría ahora una magnífica oportunidad para integrarse al mundo mediante la tecnología de transporte que se generalizaba incesante en el planeta entero.
Inmediatamente se dio a la tarea de vender la idea, la expuso ante Mr. Keys, acaudalado hombre de negocios al que había conocido en los tiempos de sus ensayos con los deslizadores en el Hudson, quien aceptó aportar el capital necesario para comprar los aviones. Para ello resultaba imprescindible hablar con Henry Ford, principal constructor y proveedor de las máquinas con la suficiente autonomía de vuelo para cubrir tan largas distancias. Gonzalo Mejía viajó a Detroit, donde el legendario empresario acogió con interés la idea y hasta llegaron a redactar un borrador de contrato para la fabricación de los vehículos.
Cuando se enteró del proyecto, la oposición de Pan American, reina de los cielos desde entonces y por muchas décadas más, fue absoluta. Perentoriamente notificaron a Ford que si aceptaba la propuesta de los señores Mejía y Keys, de inmediato buscarían un nuevo proveedor. Ford tuvo que aceptar la tajante conminación de Trippe, pero sugirió que este último podría conversar con Mejía, lo que efectivamente sucedió.